
Una pregunta que bien valdría la pena responder con lujo de detalle antes de invertir tiempo, dinero y esfuerzo.
POR LUIS HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
Hay quienes dicen y aseguran que la vida es la mejor de las universidades. Bien. Si la idea anterior es verdadera, entonces sabemos por qué en México “todos somos licenciados”, como expresa la voz popular. Con esa lógica de pensamiento, y luego de casi 200 años de ser una nación independiente, ya podríamos decir que formamos parte –o estamos a punto de ser– un país, no de licenciados, sino de maestros o doctores.
Desafortunadamente para nuestra idiosincrasia, los indicadores internacionales –aquéllos que organismos como la Organización Mundial de Comercio (de la cual formamos parte) utilizan para sus comparativos de desarrollo entre naciones– se empeñan en mostrar que la escolaridad promedio de los mexicanos es de primero de secundaria.
Así que mientras la vida y la realidad de nuestro país no coincidan con la forma de hacer estadística de las llamadas naciones desarrolladas, tendremos que conformarnos con ser, vox populi vox dei, “un México de licenciados”.
O, como dicen los partidarios de la formación y la capacitación vía sistema escolarizado, ya es tiempo de que se valore, pague y encuentre –todo al mismo tiempo y en su justa dimensión– una utilidad económica, personal y práctica a los estudios de educación superior que suceden a los cuatro o cinco años que un licenciado y/o ingeniero invierte en los diferentes ámbitos de la universidad.
De ahí que independiente al método de enseñanza-aprendizaje utilizado (presencial, abierto, ejecutivo o en línea; por mencionar los modelos más representativos), la pregunta a resolver es ¿para qué sirve un posgrado en México?
Y es que para nadie es un secreto que tener estudios de posgrado siempre brinda brillo al currículum. Para un ejecutivo significa ampliar su visión del mundo, más conocimiento. Mientras que para las organizaciones, el retorno a su inversión está vinculado al valor que el egresado generará a la empresa misma y, claro, el que entregará a los clientes.
Pero la experiencia del posgrado tiene que ser muy intensa, no sólo un requisito a cubrir porque las organizaciones, cuando apoyan los estudios de posgrado, buscan un valor concreto para el negocio; por eso los patrocinan. El empleado tiene que justificar el valor que agregará al negocio para conseguir el patrocinio de la compañía.
Continuará…
* El autor es Periodista, Administrador de Negocios Editoriales y Candidato a Doctor en Educación por las Universidades Complutense de Madrid y Anáhuac del Norte. Actualmente cursa la carrera de Derecho.