lunes, 26 de abril de 2010

¿TÚ ERES UN SIMULADOR?


Vivir nuestra profesión implica renunciar a cualquier intento de simulación profesional.

POR LUIS HERNÁNDEZ MARTÍNEZ

Cada día son más las voces que coincidimos en un punto fundamental para la formación del capital humano que nuestro país requiere: los conocimientos que avalan nuestro título de licenciatura, ingeniería, maestría o doctorado caducan. Y más rápido de lo que creemos sin el ejercicio práctico de nuestra profesión o disciplina de estudio elegida.

Los que ayer estudiaron periodismo, por ejemplo, y no tengan activa la pluma (o la computadora como herramienta procesadora de noticias, entrevistas, crónicas, reportajes, editoriales, artículos o columnas) con dificultad podrían señalar –tanto en la teoría como en la práctica– las diferencias precisas y concretas de los géneros periodísticos. Y ya ni hablar de la redacción de los mismos.

Igual ocurriría con un administrador de empresas que, sin compañía que administrar, sólo elabora cotidianamente –protegido por un escritorio y sin pisar la calle jamás en busca de alternativas innovadoras de manejo de inventarios– la lista de productos que adquirirá para tener surtido su almacén.

Así, poco a poco pero de manera inexorable, el título y los conocimientos adquiridos en la universidad son cubiertos por una telaraña que evidencia –ante los requerimientos urgentes de la vida y el trabajo– la incapacidad, obsolescencia y mala forma (obesidad) intelectual para el ejercicio de la profesión que aparece bajo el escudo de la institución de educación superior que avaló, en su momento, los conocimientos adquiridos en el aula.

Y eso que no profundizo aún la forma deficiente y tramposa como se obtienen –en gran número de casos por desgracia– los conocimientos avalados por un título.

Por eso la importancia de esforzarnos para ejercer, en los ámbitos más amplios del verbo y la acción que implica, la profesión que libremente –espero– elegimos para vivir (y, claro, vivirla por y para los demás). Un ejercicio profesional a prueba de balas; blindado para no resentir el cansancio diario o los obstáculos innumerables que aparecen durante el camino arduo de una práctica apasionada.

ESTUDIAR, EJERCER Y ENSEÑAR
Ejemplos de vida y de profesionistas íntegros, por fortuna, hay muchos (aunque no suficientes) en nuestro país. Ignacio Burgoa Orihuela es uno de ellos. Abogado y generador incansable de conocimientos dejó un legado y un nivel de esfuerzo profesional difíciles de superar, cierto. Pero también es verdad que en vida –incluso ahora sin su presencia física– aleccionó y dejó las bases de superación para todo aquél que tuviera interés por crecer en su profesión; no importando que fuera diferente a la de un abogado.

Muestra de ello es su opúsculo titulado El jurista y el simulador del derecho (19ª edición, Editorial Porrúa; México, DF 2009). Ahí, el maestro nos ofreció su visión sobre quién y qué hace a un abogado; cómo tiene que estar vigente en su profesión; y quiénes –y por qué– no pueden ser llamados más que simuladores del derecho. Pero, la verdad, las ideas plasmadas en el libro bien pueden extenderse hacia otras disciplinas. Y a las pruebas me remito.

Dijo Burgoa en su obra: “[…] La política o los negocios económicos suelen cancelarles las vías para mantener actualizado y actuante el grado académico que algún día obtuvieron, quedando al margen del mundo jurídico (aquí cabe perfecto el mundo periodístico, el financiero, el arquitectónico, el químico… O cualquier ámbito al que pertenezca nuestra profesión) por imposibilidad, aleatoria o deliberada, de no estudiar ni experimentar el Derecho (la Administración, la Medicina, la Economía…) en ninguna de sus formas. La ambición de poder, el relumbrón burocrático o el anhelo de hacer dinero, eliminan su débil y poco arraigada vocación, colocándolos fuera de la jurisprudencia (la sabiduría histórica y científica de cualquier profesión) y convirtiéndolos en ‘jurisignorantes’ y, por ende, en frustrados en lo que a los requerimientos científicos de su título o diploma concierne, aunque lleguen a ser prósperos y exitosos en las actividades que no determinaron sus empolvados y hasta extintos estudios universitarios […]”.

Queda claro que, luego de releer los conceptos del otrora constitucionalista, tenemos que vencernos a nosotros mismos –diariamente– para incrementar el número de personas que todos los días de su vida trabajan para cultivarse en su campo y vivir así (experimentar con amplitud de alcance) su actividad profesional con disciplina, entusiasmo, entrega y pasión. ¿El objetivo? No convertirnos en simuladores de nuestra profesión.

* El autor es Periodista, Administrador de Negocios Editoriales y Candidato a Doctor en Educación por las Universidades Complutense de Madrid y Anáhuac del Norte. Actualmente cursa la carrera de Derecho.

DIGNIFICAR NUESTRA PROFESIÓN


En una sociedad cada vez más impersonal, bien valdría la pena recordar que nuestra profesión, cualquiera que esta sea, queda al servicio de los demás.

POR LUIS HERNÁNDEZ MARTÍNEZ

¿Cuál es el grado de compromiso que tenemos con nuestra profesión? ¿Tenemos claro cómo medirlo y cuál es el indicador o serie de variables (dependientes e independientes) más apropiadas para llevar a cabo dicha tarea? Me parece importante que existiera –y fuera del dominio público– una herramienta para obtener las respuestas.

Contar con una metodología que, apegada al rigor científico, mostrara el grado de compromiso que las personas tenemos con la actividad profesional elegida arrojaría una luz muy poderosa para distinguir a los seres humanos que sí dignifican su profesión –cualquiera que esta sea– de sus simuladores (trataremos en otro momento el accionar de dichos personajes).

En tanto llega ese sistema de medición de carácter universal, más que aplausos deben arrancarnos los esfuerzos por establecer lineamientos o mandamientos de observancia general para los miembros de un gremio determinado. Tal es el caso de Eduardo J. Couture Etcheverry (uruguayo, nacido el 24 de mayo de 1904 y acaecido el 11 de mayo de 1956) y su muy conocida obra Los Mandamientos del Abogado (otros la citan como El Decálogo del Abogado).

A manera de homenaje mencionaré brevemente su decálogo (publicado en México por la editorial Miguel Porrúa desde 1992), pues estamos a poco menos de un mes de conmemorar el aniversario luctuoso número 54 del abogado hoy extinto en lo material, pero vivo –y vigente– en la conducta ética de todo aquél que ejerce como abogado íntegro:

1. Estudia: El derecho se transforma constantemente. Si no sigues sus pasos, serás cada día un poco menos abogado.

2. Piensa: El derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando.

3. Trabaja: La abogacía es una ardua fatiga puesta al servicio de la justicia.

4. Lucha: Tu deber es luchar por el derecho pero el día en que encuentres en conflicto el derecho con la justicia, lucha por la justicia.

5. Se leal: Leal para con tu cliente, al que no debes abandonar hasta que comprendas que es indigno de ti. Leal para con el adversario, aun cuando él sea desleal contigo. Leal para con el juez que ignora los hechos y debe confiar en lo que tú le dices; y que, en cuanto al derecho, alguna que otra vez debe confiar en el que tú le invocas.

6. Tolera: Tolera la verdad ajena en la misma medida en que quieres que sea tolerada la tuya.

7. Ten paciencia: El tiempo se venga de las cosas que se hacen sin su colaboración.

8. Ten fe: Ten fe en el derecho como el mejor instrumento para la convivencia humana; en la justicia, como destino normal del derecho; en la paz como sustitutivo bondadoso de la justicia y, sobre todo, ten fe en la libertad, sin la cual no hay derecho, ni justicia ni paz.

9. Olvida: La abogacía es una lucha de pasiones. Si en cada batalla fueras cargando tu alma de rencor, llegará un día en que la vida será imposible para ti. Concluido el combate, olvida tan pronto tu victoria como tu derrota.

10. Ama tu profesión: Trata de considerar la abogacía de tal manera que, el día en que tu hijo te pida consejo sobre su destino, consideres un honor para ti, proponerle que se haga abogado.

Couture plasmó en su mandamiento número dos que “el derecho se aprende estudiando, pero se ejerce pensando. Con base en su axioma me parece que el abogado también debería profesar –y más con base en la actuales circunstancias sociales del mundo– la humildad, la solidaridad con sus semejantes y la generosidad.

No pretendo modificar la lista del maestro. Pero sí quiero rendirle un homenaje a sus preceptos a través de la acción. Pensar que en el ejercicio de la abogacía –y la verdad en el actuar de cualquier profesión– los tres puntos que menciono arriba son fundamentales para sostener una sociedad cada vez más impersonal.

Mi sugerencia es, también, un recordatorio sobre la importancia de no olvidar que nuestra profesión, cualquiera que esta sea, queda al servicio de los demás una vez que obtenemos el título académico (permiso oficial) para ejercerla. A partir de ahí nos debemos a los otros; a los humanos creadores de sociedades. Sistemas sociales de los que también somos parte.

* El autor es Periodista, Administrador de Negocios Editoriales y Candidato a Doctor en Educación por las Universidades Complutense de Madrid y Anáhuac del Norte. Actualmente cursa la carrera de Derecho.