
Vivir nuestra profesión implica renunciar a cualquier intento de simulación profesional.
POR LUIS HERNÁNDEZ MARTÍNEZ
Cada día son más las voces que coincidimos en un punto fundamental para la formación del capital humano que nuestro país requiere: los conocimientos que avalan nuestro título de licenciatura, ingeniería, maestría o doctorado caducan. Y más rápido de lo que creemos sin el ejercicio práctico de nuestra profesión o disciplina de estudio elegida.
Los que ayer estudiaron periodismo, por ejemplo, y no tengan activa la pluma (o la computadora como herramienta procesadora de noticias, entrevistas, crónicas, reportajes, editoriales, artículos o columnas) con dificultad podrían señalar –tanto en la teoría como en la práctica– las diferencias precisas y concretas de los géneros periodísticos. Y ya ni hablar de la redacción de los mismos.
Igual ocurriría con un administrador de empresas que, sin compañía que administrar, sólo elabora cotidianamente –protegido por un escritorio y sin pisar la calle jamás en busca de alternativas innovadoras de manejo de inventarios– la lista de productos que adquirirá para tener surtido su almacén.
Así, poco a poco pero de manera inexorable, el título y los conocimientos adquiridos en la universidad son cubiertos por una telaraña que evidencia –ante los requerimientos urgentes de la vida y el trabajo– la incapacidad, obsolescencia y mala forma (obesidad) intelectual para el ejercicio de la profesión que aparece bajo el escudo de la institución de educación superior que avaló, en su momento, los conocimientos adquiridos en el aula.
Y eso que no profundizo aún la forma deficiente y tramposa como se obtienen –en gran número de casos por desgracia– los conocimientos avalados por un título.
Por eso la importancia de esforzarnos para ejercer, en los ámbitos más amplios del verbo y la acción que implica, la profesión que libremente –espero– elegimos para vivir (y, claro, vivirla por y para los demás). Un ejercicio profesional a prueba de balas; blindado para no resentir el cansancio diario o los obstáculos innumerables que aparecen durante el camino arduo de una práctica apasionada.
ESTUDIAR, EJERCER Y ENSEÑAR
Ejemplos de vida y de profesionistas íntegros, por fortuna, hay muchos (aunque no suficientes) en nuestro país. Ignacio Burgoa Orihuela es uno de ellos. Abogado y generador incansable de conocimientos dejó un legado y un nivel de esfuerzo profesional difíciles de superar, cierto. Pero también es verdad que en vida –incluso ahora sin su presencia física– aleccionó y dejó las bases de superación para todo aquél que tuviera interés por crecer en su profesión; no importando que fuera diferente a la de un abogado.
Muestra de ello es su opúsculo titulado El jurista y el simulador del derecho (19ª edición, Editorial Porrúa; México, DF 2009). Ahí, el maestro nos ofreció su visión sobre quién y qué hace a un abogado; cómo tiene que estar vigente en su profesión; y quiénes –y por qué– no pueden ser llamados más que simuladores del derecho. Pero, la verdad, las ideas plasmadas en el libro bien pueden extenderse hacia otras disciplinas. Y a las pruebas me remito.
Dijo Burgoa en su obra: “[…] La política o los negocios económicos suelen cancelarles las vías para mantener actualizado y actuante el grado académico que algún día obtuvieron, quedando al margen del mundo jurídico (aquí cabe perfecto el mundo periodístico, el financiero, el arquitectónico, el químico… O cualquier ámbito al que pertenezca nuestra profesión) por imposibilidad, aleatoria o deliberada, de no estudiar ni experimentar el Derecho (la Administración, la Medicina, la Economía…) en ninguna de sus formas. La ambición de poder, el relumbrón burocrático o el anhelo de hacer dinero, eliminan su débil y poco arraigada vocación, colocándolos fuera de la jurisprudencia (la sabiduría histórica y científica de cualquier profesión) y convirtiéndolos en ‘jurisignorantes’ y, por ende, en frustrados en lo que a los requerimientos científicos de su título o diploma concierne, aunque lleguen a ser prósperos y exitosos en las actividades que no determinaron sus empolvados y hasta extintos estudios universitarios […]”.
Queda claro que, luego de releer los conceptos del otrora constitucionalista, tenemos que vencernos a nosotros mismos –diariamente– para incrementar el número de personas que todos los días de su vida trabajan para cultivarse en su campo y vivir así (experimentar con amplitud de alcance) su actividad profesional con disciplina, entusiasmo, entrega y pasión. ¿El objetivo? No convertirnos en simuladores de nuestra profesión.
* El autor es Periodista, Administrador de Negocios Editoriales y Candidato a Doctor en Educación por las Universidades Complutense de Madrid y Anáhuac del Norte. Actualmente cursa la carrera de Derecho.
Me parece fundamental el que todos estemos actuializados y enfocados a hacer crecer a otros
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