miércoles, 26 de mayo de 2010

ESO QUE NOS FALTA


¿Cuándo daremos ese estirón cualitativo que nos permita alcanzar los primeros lugares de competitividad?

POR LUIS HERNÁNDEZ MARTÍNEZ

En la actualidad, si bien las compañías buscan a los alumnos más destacados en términos académicos, también es una realidad que su proceso de selección –más riguroso que en épocas anteriores– indaga la vida y obra del aspirante. ¿El motivo? Conocer a la persona que mejor se adapte a la filosofía, valores y objetivos de la firma. Y es que ya no resulta suficiente que el estudiante muestre que en términos cuantitativos cumplió. Los elementos cualitativos son, desde ahora, un factor que podría determinar la contratación o no de los candidatos.

Recuerdo que en una ocasión Rocío Niembro, en aquélla época directora de Recursos Humanos de Kellogg, me dijo que su proceso de selección se basaba en competencias: “Trabajo en equipo, adaptabilidad, resolución creativa de problemas, criterio y toma de decisiones”. Además me explicó que la persona tenía que “cumplir con el perfil técnico que exige el área donde trabajará y el conocimiento del inglés. Por ejemplo, agregó aquélla vez, “para puestos de ingeniería y mercadotecnia recurrimos al Tec de Monterrey. Para las áreas administrativas y financieras tenemos gente del ITAM; también tenemos egresados de la Universidad Panamericana, la mayoría de ellos son representantes del área de Ventas”.

Destaco que, durante la plática con Rocío, varias instituciones con grandes desembolsos en publicidad –y también añejas en nuestro sistema educativo universitario de carácter privado– no fueron mencionadas como fuente de contrataciones.

Y en ese momento no hice la precisión sobre el punto, pero sí le pregunté sobre ¿qué pasó con la participación de las universidades públicas? A lo que respondió: “Tenemos gente de un amplio número de universidades. Sin embargo –acotó Niembro–, el perfil también se compone de aspectos técnicos de la persona. Como somos una empresa estadounidense, dentro de nuestro perfil básico está el inglés, de ahí que varias personas del Politécnico Nacional, UNAM y UAM no puedan ingresar con nosotros. Nos encontramos que el nivel de inglés no es suficientemente fuerte en ellos”. Y no era la única ejecutiva que opinaba así.

EN BUSCA DEL ESLABÓN PERDIDO
Reina Gómez, directora de Recursos Humanos de Levis, también me dijo en su momento que la empresa que representaba tenía la política de no hacer discriminaciones por universidad, pero también reconoció que los egresados de instituciones privadas tenían un mejor nivel de inglés que sus compañeros de escuelas públicas. Pero además del idioma, Reina expresó que “los valores que se buscan en los jóvenes son la honestidad, respeto, congruencia y compromiso”.

Y también dijo que los aspirantes debían identificar lo que no saben y, claro, aprenderlo rápido. Aplicar el auto aprendizaje y acelerar su capacidad de estudio: “Necesitamos gente que identifique las oportunidades y agregue valor a la empresa. Debe estar orientada a resultados porque las empresas valoran eso, no las buenas intenciones”.

Al parecer de Gómez, en resumen, los universitarios debían tener muy claro que la armonía entre las capacidades técnicas y las cualidades humanas era medular.

Y en esa línea de ideas, Leticia Quintanilla y Adriana Topete, al momento de entrevistarlas ambas eran gerentes de Recursos Humanos de DuPont, me dijeron que “la gente debe disfrutar del trabajo en equipo porque sólo así se provocan los mejores resultados en la organización”. Sin embargo, advirtieron, “las universidades no están entregando personas con esas habilidades. Capacitan gente muy técnica a la que le falta el sentido de liderazgo personal”.

Incluso Quintanilla opinó que “hay algunas universidades que sí se preocupan por desarrollar las capacidades de liderazgo, pero no entendidas como nosotros quisiéramos. Las escuelas las entienden desde el punto de vista de formar un supervisor, director o gerente. De eso no se trata. Nosotros estamos buscando un liderazgo personal”. Al respecto, Topete pensaba que se necesita “gente que haga las cosas lo mejor que pueda. Hablamos de que todo mundo tiene liderazgo personal porque puede ser muy bueno en lo que hace, sin importar su nivel, cargo o puesto”.

En lo personal coincido en términos generales con las ideas de mis entrevistadas. Sólo quisiera resaltar que a los recién egresados también les hace falta ser personas responsables y comprometidas con su entorno inmediato y mediato.

Me explico: los recién egresados, en su mayoría, adolecen de ética; también son socialmente irresponsables y –prácticamente– los valores como la tolerancia, la libertad, la democracia, la justicia, el respeto, el amor, el entendimiento, la solidaridad... Brillan por su ausencia en su perfil profesional. Urge trabajar en ello desde las aulas.

* El autor es Periodista, Administrador de Negocios Editoriales y Candidato a Doctor en Educación por las Universidades Complutense de Madrid y Anáhuac del Norte. Actualmente cursa la carrera de Derecho.

lunes, 3 de mayo de 2010

CUCHARADAS DE HUMILDAD

La abuela me dijo una vez que, para saber mandar, hay que saber hacer. ¿Los recién egresados universitarios tendrán una abuela que les comparta su sabiduría?

POR LUIS HERNÁNDEZ MARTÍNEZ


Actualmente, así opina un número importante de expertos en materia educativa, las universidades y los medios de comunicación tienen el reto –aliados con las nuevas tecnologías– de formar personas responsables y comprometidas con su entorno inmediato y mediato. De preparar gente ética, socialmente responsable y practicante de valores como tolerancia, libertad, democracia, justicia, respeto, amor, entendimiento, solidaridad...

No hay vuelta de hoja. La mundialización de la economía trajo una preocupación más a la cabeza de los directores de las universidades, escuelas y facultades de Derecho del país: las teorías y los planes de estudio ya no son el valor agregado que las instituciones de educación superior pueden ofrecer a las compañías y sociedad en general al momento de argumentar por qué sus alumnos son los mejores.

Por ejemplo, la homogeneización de las prácticas jurídicas, financieras, operativas y mercadológicas de las empresas –entre otras cosas, producto del avance y aparición de las nuevas tecnologías y de la incursión de ejecutivos o empresarios al mundo de la academia– hacen que las firmas de despachos o compañías de cualquier giro busquen, por arriba del currículum, características y valores que son responsabilidad exclusiva de la persona (ahí está el caso de la moral: virtudes y pecados incluidos).

Y no es que la formación académico-técnica de calidad sirva para nada. Pero la realidad es que cada vez son más las escuelas que ofrecen en sus carreras –vía simuladores de negocios, prácticas profesionales o forenses, planes de becarios, internados o intercambios en el extranjero– la posibilidad de medirle la temperatura al mundo laboral antes de que los alumnos inicien la carrera profesional.


SABER HACER PARA MANDAR

La competencia en el mundo laboral provoca que el nivel de exigencia para los estudiantes aumente en cada generación. Por ello surge la necesidad de profesionistas con un perfil que cubra cualidades como ética; liderazgo; creatividad; capacidad de análisis; habilidades de lectura y redacción; resolución de problemas; flexibilidad; conocimiento teórico y técnico; pensamiento global…

Además, por si la lista fuera pequeña, también debemos agregar el ruido que genera la absurda discriminación –no reconocida de manera pública– que ciertas empresas y despachos todavía hacen entre los egresados de universidades públicas y los salientes de las privadas (incluso todavía discriminan entre los egresados de éstas últimas).

Sin embargo, ahí sí la medida es pareja, a los potenciales patrones les queda claro que el egresado universitario debe cubrir, al menos, las características siguientes si “suspira” por conseguir un empleo: ética, trabajo en equipo, lealtad, compromiso con las tareas a realizar, sentido común, honestidad tanto en las prácticas corporativas como en las personales, humildad y disposición al trabajo.

Y es que, como bien dice el refranero popular, “para dar órdenes primero hay que saberlas obedecer”. Hoy las empresas no quieren gente arrogante que sólo guste de estar en el escritorio o mandando a diestra y siniestra “porque sí estudió”.

Hoy, como bien escribió José Campillo Sainz en su libro Introducción a la ética profesional del abogado (8ª edición, Editorial Porrúa. México, DF 2009): “Desempeñar una profesión es el ejercicio de un derecho y el cumplimiento de un deber; es recorrer el camino que hemos escogido para servir a los demás. Por eso, tanto la selección como el ejercicio de una profesión deben ser libres porque un derecho fundamental del hombre, no escrito, pero implícito en los Códigos, es el de cumplir con su deber”.

Y tal aspecto nos lleva los terrenos de la Deontología que es, para Bernardo Pérez Fernández del Castillo, “la ciencia que estudia el conjunto de deberes morales, éticos y jurídicos con que debe ejercerse una profesión liberal determinada”. Pero ya ampliaremos las ideas del especialista en otra oportunidad.

* El autor es Periodista, Administrador de Negocios Editoriales y Candidato a Doctor en Educación por las Universidades Complutense de Madrid y Anáhuac del Norte. Actualmente cursa la carrera de Derecho.